Hace unas tres semanas empecé a enseñarle a niños y preadolescentes computación en el lugar donde estudié mi educación básica y bachillerato; el porqué de esto es que debo de hacer horas sociales para mantener mi beca universitaria proporcionada por un ente ajeno a todo esto. Y debo de decir en estas semanas he aprendido mucho.
Cuando era alumna, solía odiar que los profesores me mandasen. No es que yo fuera una total rebelde sin causa, pero sí que me mosqueaba que me callaran, que no me permitiera tener piercings ni cabellos verdes, me quejaba que las clases fuesen tan aburridas y que no se me permitiera cuestionar todo.
Ahora que soy tutora, tengo que esconder mi cabello, quitarme los piercings, pedirles que guarden respeto a la oración cuando yo misma siendo alumna siempre me la tomaba a mofa, debo de pedirles que guarden silencio y muchas veces he debido de disciplinarles. Estoy básicamente, sometida al sistema: O acepto las reglas de un lugar que está dispuesto a entregarme las horas sociales que necesito para seguir estudiando o le soy fiel a lo que he defendido a capa y espada tantos años y me quedo sin estudiar. Pero bueno, peor es quebrarse que doblarse.
Y es que nadie sabe el porqué de cómo actúa el otro, hasta que está en sus zapatos: como odiaba a mis profesores y hasta discutía con ellos cuando la situación no me parecía, y ahora que estoy del otro lado, estoy rogando que no me cueste con los alumnos difíciles, que sigan rápido mis indicaciones para avanzar más rápido con lo que todos tenemos que hacer ese día.
Aunque muchas veces mis profesores cometieron errores conmigo, comprendo que estaban estresados. Es difícil ponerle atención a 10 vocecitas que te hablan al mismo tiempo, ahora veo por que perdían los estribos algunas veces. Por eso mismo, intento no cometer los mismos errores que ellos cometieron conmigo. Me armo de paciencia y si tengo que regañar, lo hago, pero explico el porqué les corrijo; si tengo que explicar, explico, pero también me aseguro que hayan comprendido y también intento decirles lo que están haciendo bien, para que se motiven y no pierdan las ganas de aprender.
Ahora ya comprendí que los profesores no tienen la culpa, están en un sistema sometidos de la misma forma en la que están los alumnos, de la misma forma en la que lo estoy yo. ¡Definitivamente mis profesores no eran los malos! solamente querían dar su clase, que los chicos no hicieran desorden para que no se les llamase la atención y acabar el bendito día. Creo que este próximo día del maestro, a cada uno de mis antiguos docentes, les tendré que regalar algo, porque joder... ¡Qué difícil es enseñar!